Los libros de historia, las películas y los documentales que se han realizado sobre el tema de la II Guerra Mundial han centrado su análisis en temas tan atractivos yconocidos como las confrontaciones bélicas, la estrategia militar, el exterminio nazi, la política alemana, la lucha de la resistencia o la miseria que rodeaba a las prisiones y campos de concentración nazis. Pocas son las páginas que han llenado la terrible historia del exilio al que se vieron abocados miles y miles de europeos. En este breve artículo veremos quiénes eran las persona que tuvieron que abandonar sus casas y sus países para salvar la vida; cómo lograron escapar de la guerra y, quizá lo más interesante, cómo muchos vinieron a España pensando que, al mantenerse neutral, el estado franquista les daría refugio y les ayudaría a llegar a su destino final.

 

Mapa de Europa en 1941.
Crédito: Wikipedia Commons

Con el inicio de la II Guerra Mundial dio comienzo lo que podría definirse como el gran exilio europeo. Durante años, en los países donde el fascismo había triunfado, cientos de personas, sobre todo intelectuales y disidentes políticos, se habían visto obligados a abandonar su país por motivos políticos. En muchas ocasiones, los disidentes abandonaban su hogar para iniciar una nueva vida en una nación más afín a sus postulados políticos e ideológicos. Ese fue el caso, por ejemplo, del escritor austríaco Otto Von Horvath, quien abandonó su patria en el año 1934 y tuvo que establecerse en Paris. Allí escribió sus últimas novelas y en la capital francesa falleció como consecuencia de las lesiones que le produjo una rama de un árbol que cayó fortuitamente sobre él durante una tormenta en la primavera de 1938.

A partir de septiembre de 1939, en Polonia, Francia, Austria, Bélgica y otros muchos países europeos miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares y comenzaron un largo viaje al exilio. Sus historias personales eran muy heterogéneas, aunque las causas de su exilio forzado siempre estaban ligadas a la raza o a la ideología. Miles de judíos y cientos de destacados disidentes políticos (artistas, escritores, políticos, sindicalistas, entre muchos otros.) comenzaron un largo viaje no exento de problemas. La primera dificultad que se presentaba era elegir un destino. La  rápida expansión de las conquistas alemanas por toda Europa hizo que pocos sitios fueran seguros en el viejo continente. Por ese motivo, al iniciarse la guerra muchos vieron en el exilio transoceánico la única vía de escape. La gran dificultad, sin duda, era llegar a una región desde donde poder embarcar en avión o en barco rumbo a Inglaterra o hacia alguno de los países del continente Americano. Una de esas rutas de huída pasaba por entrar España y dirigirse a Portugal donde podrían dejar el viejo continente. Así, al menos, lo creyeron miles de Polacos, Franceses, Belgas o Alemanes que a finales de 1939 y, principalmente, desde 1940 comenzaron a entrar en España por los múltiples pasos fronterizos de los Pirineos. Los más afortunados, aquellos que habían conseguido los papeles necesarios para entrar en el país, llegaron a España y desde aquí lograron huir a Gran Bretaña, Canadá o Estados Unidos. Pero no todas las personas que llegaban a la frontera tenían los papeles reglamentarios.
Vista aérea de Ausschwitz
Crédito: Wikipedia Commons

En el caso de los judíos, su condición de apátridas, les convertía en un blanco fácil para las autoridades. Su capacidad de movimiento, al no poseer documentos ni nacionalidad, era mucho más limitada por Europa. Y aquellos que lograban alcanzar la frontera española se veían abocados a cruzar los Pirineos de manera clandestina. Muchos disidentes políticos que llevaban años combatiendo al fascismo se vieron obligados a huir y a entrar en la península de la misma forma, así como otras personas que trataban de alejarse de la guerra y de la barbarie que ésta sembraba por toda Europa. Por último, dentro de esos colectivos que trataban de huir del viejo continente, habría que incluir a miles de militares aliados que atravesaban la frontera española (especialmente británicos y canadienses), ya que representaba una vía de escape para poder regresar a sus países y reincorporarse inmediatamente a la lucha.

 

De acuerdo a los estudios realizados por Calvet, desde 1939 hasta 1945 al menos 80.000 personas cruzaron la frontera pirenaica. Esa llegada masiva de europeos a España se realizó, mayoritariamente, de manera ilegal. La inmensa mayoría de las personas que entraron en el país no tenían los papeles necesarios para cruzar la frontera y, por ese motivo, fueron considerados y tratados como delincuentes. En el caso de ser descubiertos, eran detenidos por la Guardia Civil al haber incurrido en un delito de “paso clandestino de frontera”. Su caso podía adquirir una mayor gravedad si llevaban dinero en sus bolsillos, ya que se consideraba que ingresaban moneda en el país de forma ilegal, incurriendo en un delito monetario. En esas ocasiones, Hacienda les requisaba todo ese dinero y les abría un proceso para dirimir responsabilidades penales. Por lo tanto, las personas que atravesaban los Pirineos sin la documentación en regla se exponían a ser detenidos, procesados judicialmente y, en el peor de los casos, podían ser condenados a varios años de encierro (aunque muchos de los detenidos pasaron años en prisión sin ser siquiera procesados).
Plano del Campo de Concentración
de Miranda de Ebro.
Crédito: Wikipedia Commons

En el caso de que los extranjeros fueran detenidos por pasar la frontera, eran conducidos al puesto más cercano de la benemérita. Allí, el comandante jefe o la máxima autoridad de la Guardia Civil interrogaba a los detenidos para averiguar datos tan importantes como si habían recibido ayuda para cruzar la frontera, la opinión que existía en el extranjero sobre la España franquista o les preguntaban si en su travesía a través de los Pirineos habían visto grupos armados. Desde el puesto de la Guardia Civil se informaba al Gobernador Civil sobre las detenciones realizadas, y éste solía ordenar el traslado de los extranjeros a la capital de provincia. Una vez en la  ciudad solían ser conducidos a la comisaría de policía donde, de nuevo, eran interrogados. Posteriormente, una vez cumplimentados los interrogatorios, los detenidos solían ser enviados a la Prisión Provincial bajo la autoridad el Gobernador Civil. Y de allí dependiendo de una gran cantidad de factores podían ser enviados a la Dirección General de Seguridad (Madrid), donde eran de nuevo sometidos a interrogatorios; a otras prisiones franquistas; podían decretar su expulsión del territorio nacional (en estos casos, solían ser entregados a las autoridades nazis en la frontera e iniciaban un largo viaje en tren hacia los campos de exterminio) o como ocurría en la mayoría de los casos, eran enviados al Campo de Concentración de Mirandade Ebro. Algunos detenidos, salieron en libertad en tan solo unas semanas gracias a la actuación de las embajadas canadienses, inglesas o estadounidense, que a su vez agilizaban la salida del país del detenido. Otros, en cambio, permanecieron en encerrados meses e incluso años, dándose una curiosa imagen:mientras en Europa los alemanes eran derrotados y los prisioneros de los campos de concentración recobraban la libertad, en España muchos europeos seguían detenidos y encarcelados en las prisiones y campos de concentración franquistas.

Bibliografía|
HEREDIA URZÁIZ, Iván, “En la sombra de la historia: presos extranjeros en la cárcel de Torrero, Zaragoza, 1936-1948” en XIX y Veinte. Revista de historia y pensamiento contemporáneo, Número 7, 146 y 177, año 2012.
SALA ROSÉ, Rosa, La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España, Península, Madrid, 2011.
CALVET, Josep, Las montañas de la libertad. El paso de refugiados por los Pirineos durante la Segunda Guerra Mundial, 1939-1944, Alianza Editorial, Madrid, 2010.
En colaboración con iHistoriArte| Iván H.
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