Crédito: photopin

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Dónde los elementos nos transportan a un mundo de sensaciones

El arte del jardín japonés surge de la necesidad cultural del pueblo japonés, de estar en contacto con la naturaleza. A diferencia de los jardines occidentales, donde se seleccionan y organizan los elementos naturales en estructuras mentales ajenas a su forma espontánea. Su función es la de recrear un espacio o pasaje natural.

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Se pueden establecer dos categorías de jardín: los descriptivos, cuya finalidad es la de asemejarse a la naturaleza en su estado espontáneo, sin ningún tipo de artificialidad; y los esenciales, que busca mostrar la esencia misma de la naturaleza, con muy pocos elementos, que intentarán evocar en la mente del hombre la globalidad de la naturaleza. El jardín esencial es una abstracción de la naturaleza.

Para el creador del jardín japonés, el fin es realizar una copia exacta de la naturaleza, a través de un proceso creativo de cuidadísima elaboración, respondiendo a una intencionalidad concreta. Además de dotarlo de un trasfondo emocional que va más allá de lo estético. Cada una de sus partes posee un significado concreto. Tratando de representar la personalidad del creador o del propietario del jardín. Todo está planificado, desde el lugar en el que se va a ubicar el jardín (composición de la tierra, naturaleza del entorno…) hasta el momento en que se producen los cambios estacionales, los elementos atmosféricos del entorno (corrientes de viento, la forma en la que incide la luz…), incluso los ruidos que se producen en el lugar. Todo influye en la estética y el simbolismo del jardín.

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Todo este proceso permite crear un jardín que evoluciona con el paso de las estaciones, que ofrece múltiples visiones. Será el jardín, quien nos conduzca por su multiplicidad de significados. A diferencia del jardín occidental, donde reina el orden y la simetría, en Japón está vinculado a la armonía que emana de la propia naturaleza. Es la esencia misma de la naturaleza, reflejado en la asimetría, el movimiento, el equilibrio compensado en los contrastes… De esta armonía emanan las características propias del jardín japonés: la disposición asimétrica de elementos (piedras en número impar…); la integración del contraste de elementos (colores y texturas); la presencia de claroscuros; la contraposición de grandes espacios repletos con grandes espacios vacíos.

El arte del jardín japonés está estrechamente vinculado a la arquitectura, tanto civil como religiosa.

Tipologías del jardín en el país del sol naciente

Tres son las tipologías básicas del jardín japonés:

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Tsukiyama o jardín panorámico: de grandes dimensiones, se trata de un jardín hecho no sólo para ser contemplado, sino para poder pasear por él. Con colinas, lagos artificiales, que suelen contener pequeñas islas, y abundante vegetación. Se trata de un jardín descriptivo, es el prototipo más antiguo, presente ya en los períodos Asuka  (552-645 d.C.), Hakuho (645-710 d.C.) y Nara (710-794 d.C.).

Hiraniwa o jardín plano: de reducidas dimensiones, carente de colinas o lagos, con estructuras y elementos más sencillos, como pequeños estanques o pozas, rocas y gravilla. Están siempre vinculados a elementos arquitectónicos como los chaniwa o jardín de la casita del té, cuya simbología está ligada a la ceremonia del té, tratando de aislarla de las preocupaciones mundanas. Y los kare sansui o jardín seco, compuesto por rocas, gravilla, arena y escasos toques de vegetación, muy vinculado al período Muromachi (1333-1572 d.C.) y la estética zen (austeridad, simplicidad, sencillez, economía de recursos y presencia de vacíos).

Tsuboniwa o jardín de interior, que se encuentran dentro de la vivienda, en un patio abierto, de pequeñas dimensiones compuesto por escasos elementos pero cuidadosamente seleccionados y dispuestos para evocar sentimientos en el espectador. Aparecen ya en el período Heian (794-1192 d.C.).

Los elementos del jardín japonés

 

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El agua: omnipresente, de forma real o de forma simbólica, en los jardines secos la gravilla simboliza el agua a través de surcos. Cumple una función esencial, asociada con diferentes mensajes: la variabilidad del hombre, movilidad, cambio, la fugacidad de la existencia, la inaprensibilidad de la vida.

Se trata de un elemento de purificación, cuya versatilidad es aprovechada al máximo en los jardines japoneses. A través de su movimiento (cascadas, ríos…), su brillo, su sonido, tiene la capacidad de suscitar sentimientos en el espectador. Lo más usual en encontrarla en forma de ríos, cascadas, en múltiples variantes; en forma de lagos con islas, muy relacionadas con los mitos sintoístas. También se encuentra vinculada a objetos de creación humana: el tsukubai o recipiente para contener el agua, generalmente de piedra, sobre el que cae una corriente continua de forma regeneradora. Asociado a un cubo de bambú, y junto a ellos unos cantos rodados que marcan los paso para acercarse al tsukubai. Se encuentran en zonas estratégicas y sirven, para realizar ritos de purificación, o para refrescarse en zonas de excesivo calor.

Y los shinshi odoshi o sistema de recogida de agua por medio de una caña de bambú que al llenarse, la deja caer por su propio peso. Produciendo un sonido rítmico y constante, que simboliza el inexorable paso del tiempo.

 

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La piedra: Se trata del contrapunto del agua, asociada a conceptos como la solidez, la firmeza, el estatismo, la inmutabilidad o la energía. Puede aparecer en solitario o en grupos, como cantos rodados o en caminos y puentes. Suelen ser granito o roca caliza, con formas naturales. Sienten predilección por aquellas que reflejan el paso del tiempo, de colores suaves. Se clavan en la tierra, un tercio de su altura. La forma de disponerlas recoge una tradición antiquísima, reflejado ya en los primeros manuales de jardinería del s.XI. Están colocadas siempre en número impar, con predilección de grupos de tres, aunque se permite colocarlas en grupos de dos. Cuando aparecen colocadas en forma de cascada, es porque reflejan una simbología asociada al sintoísmo, el budismo o el taoísmo. En forma de cantos rodados, la piedras, es utilizada para definir los perfiles de ríos o lagos. Permitiendo que el agua parezca más limpia. También para delimitar lugares sagrados dentro del jardín.

La gravilla: será la gran protagonista de los jardines secos, aunque también se encuentra en los jardines panorámicos o en los chaniwa. Aparece extendida sobre una superficie y marcada con lineas realizadas con rastrillos. Los trazados son casi infinitos, aunque generalmente simbolizan el agua o el mar, también se asocian con otras ideas. Como la niebla, o la paz en la mente. Amontonada puede simbolizar una montaña o una isla. Su versatilidad estética es extraordinaria. Ya que ofrece la posibilidad de jugar con las diferentes tonalidades que nos ofrece. Se puede disponer de manera que brille con el transito del sol en el cielo. O incluso se llega a mojar para ofrecer contrastes.

 

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El mundo vegetal: posee una proliferación tremenda. Se aprecian sobre todo elementos de hoja caduca, ya que ofrecen un aspecto cambiante con el paso de las estaciones. Lo que permite al espectador disfrutar de un jardín diferente según la estación del año en que se encuentre. Se utilizan mucho el musgo, el cerezo, los helechos, el bambú, el junco… Nada se deja al azar, los cambios que sufren están provocados de forma intencionada por el jardinero. Lo que proporciona una belleza que despierta los sentidos del espectador. Todo simboliza la fugacidad de la vida, el paso del tiempo o el cambio de la vida.

El mundo animal: se van a incluir determinados animales, que aportan algo determinado al jardín. Como peces de colores en los lagos; aves o animales de determinada simbología (la grulla, la tortuga, asociadas con el mito de los inmortales), o pájaros que deleitan con diversos sonidos y coloridos plumajes.

Elementos de factura humana: las linternas de diseños infinitos, de procedencia china, crean determinados efectos estéticos de claroscuro; las cercas, sin ninguna función práctica, delimitan simbólicamente recintos privados, están hechas con elementos naturales; arquitectura como los chaniwa, pequeños relicarios, pabellones de descanso, puentes, cenadores…

Bibliografía| AA.VV, Artes tradicionales japonesas, ed. Dirección general del Patrimonio artístico y Cultural, 1975. Delay, N., Japón la tradición de la Belleza, ediciones B, Barcelona, 2000. García Gutierrez, F., Japón y Occidente: influencias reciprocas en el arte, ed. Guadalquivir, Sevilla, 1998. García Gutierrez, F., Summa Artis, Historia General del Arte, vol XXI, ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1972. García Gutierrez, F., El zen y el arte japonés, ed. Guadalquivir, Sevilla, 1998. Kidder, J. E., El arte del Japón, ed. Catedra, Madrid, 1985. Nitschke, G. El jardín japonés, el ángulo recto y la forma natural, ed. Benedikt Taschen, Colonia, 1993. Yoshikawa, I., Elements of japanese gardens, ed. Graphic-sha Publishing, Tokyo, 1990.

Fuentes| photopin

También en iHA| El Jardín Japonés

En colaboración con iHistoriArte| Dave Meler

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